Workep, gestión con magia

La aplicación nacida en Medellín mejora la suite de Google

El fundador de Workep en San Francisco

Aprendió a programar con 14 años, por su cuenta, o como él mismo lo define, es empírico. Carlos Eduardo Álvarez (Medellín, 1995) ha viajado por primera vez a Silicon Valley. Fue a la Bahía de San Francisco en busca de inversión, consejo y opciones para que su idea siga creciendo. Hace solo un año creó Workep (cuyo nombre viene de “work” -trabajo en inglés- y equipo). Desde entonces no ha dejado de crecer. En julio de 2016 salieron en Betalist, así alcanzaron los primeros 2.000 usuarios. Luego llegó el turno de ProductHunt. En febrero alcanzaron 14.000 usuarios activos. Desde entonces se han sumado a un ritmo de crecimiento del 80% semanal. Una cifra que les ha permitido hacer su primer viaje a Silicon Valley para tener un primer encuentro con Y Combinator y potenciales inversores.

Detrás de esta startup están solo seis personas. Una en Argentina, una en Georgia, tres en Colombia y una más en España. Eso es todo. Los usuarios, en cambio, son en su mayoría de Estados Unidos, un 65%, y el 35% restante en entre América Latina y España.

Pero, ¿qué hace Workep? Soluciona un problema, el del trabajo en grupo dentro del entorno de Google. A través de la aplicación, que funciona tanto en entorno móvil así como en el escritorio como aplicación web, integra tareas, documentos y calendarios de una manera limpia y sencilla. Podría definirse como una suite de productividad, que sirve para los que ya tienen Google Apps, pero no quieren añadir ni Asana, ni Trello para la gestión de tareas. De hecho, es posible incluso dejar de usar Slack.

Aunque ya tienen modelo de negocio, cobran por algunos extras para modificar y personalizar la interfaz, o acceder a la API. Los tramos van desde 2,99$ por usuario al mes a los 8,99 por el acceso más profundo.

Pantalla de inicio de Workep

Uno de sus puntos fuertes es la gestión de entrega, la frescura con que se mueve y expresa en un mundo aparentemente cool, pero en el que un movimiento en falso, una duda o un error puede dejar fuera de juego al más avezado. Álvarez hizo su primer curso en 2011, en CodeRise. Antes había aprendido unas nociones de programación con vídeos de YouTube. Su familia le insistió en que no abandonase la universidad, y tampoco lo pretendía, pero sí sabe que las aulas van a seguir ahí. La ola que está surfeando quizá no esté mañana para él.

Su salsa secreta, como les gusta llamar en Silicon Valley a la fortaleza o el hecho distintivo de una startup, está en la sencillez de uso, pero también en las notificaciones: “las filtramos y ordenamos para que sean prácticas en lugar de molestas”. Su visión resulta bastante fresca: “Intentamos conectar personas, que el trabajo no se sienta tan trabajo. Más que un producto, nos sentimos una comunidad”.

Álvarez confía en facturar su primer millón de dólares de aquí a finales de año. Mientras, aprecia el apoyo de Ruta N y de Innpulsa en Bogotá, sueña con pronto poder compararse con las startups de su país que más admira: Platzi, Rappi, Grability y Hogaru.

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Hecho con cariño y esmero en San Francisco

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